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Nadie sabe lo que puede un texto

Paz Palau.

universo #18

«La causa del dolor siempre es
la misma: resistirse a aceptar.»

Gracias a la colaboración con la revista Primer Acto, seguimos pudiendo compartir algunos artículos publicados en papel. En este caso, hemos seleccionado estas palabras de nuestra compañera Paz Palau. En ellas, la dramaturga reflexiona sobre el proceso de escritura y dirección de su texto «Aquí también los árboles son verdes», que se puede consultar en Contexto Teatral. Dani Ramírez, primavera de 2026.

No tenía otro remedio. Escribí esta historia porque no tenía otro remedio. Imposible asimilar la desaparición de un cuerpo. Imposible explicarse la nada, imposible entender ese eclipse. Escribir era urgente para contener la angustia y el dolor. Pero, por encima de todo, escribí esta historia porque necesitaba inventar un lugar para ella. Si no está aquí, tiene que estar en otra parte. Un lugar concreto. Aunque fuera imaginado. Ella era Mot. Magnífico animal. Gata esponjosa de corazón hiperbólico. Vivimos juntas dieciséis años. El amor de mi vida. Cuando ella se fue yo me quedé sujetando una pregunta. La pregunta que más duele. Porque no tiene respuesta. ¿Dónde estás? ¿Dónde estás? ¿Dónde estás? Y, sin embargo, sí la tiene: aquí también los árboles son verdes.
 
Valencia-Málaga-Nueva York
 
El proceso de escritura lo vivo acompañada. Afortunadamente. Hubiera sido devastador hacerlo sola. (Siempre lo es, en realidad, esa orfandad de la escritura, devastadora.) Empieza el viaje. En Valencia. Participo en el V Laboratorio de Escritura Teatral Insula Dramataria en el año 2022, junto a Sergio Serrano, Iria Márquez y Carles Alberola, bajo la batuta mágica de Paco Zarzoso y con la mirada externa de Roland Schimmelpfennig. Aunque yo estoy en penumbra, el camino está sembrado de luz. Y la luz entra en mi texto y entra también el humor y el disparate y la potencia del encuentro reconforta y crece de nuevo la ilusión y la tramposa estrategia de homenaje y de cierre permiten que la escritura se convierta en bálsamo y a veces es amargo y el recuerdo aprieta y duele y no pasa nada estás acompañada tienes un refugio. Ocho meses después el texto se hace cuerpo en el Rialto. Aquí hay una madre. Hay una hija. Hay un doctor. Victoria Salvador, Verónica Andrés y Enric Juezas me ayudan a convertir mi dolor en belleza. Mi amigo José Gas compone una música que envuelve y amortigua. El público se ríe. Llora. Y dos años después, el viaje continúa. Factoría Echegaray selecciona aquí también los árboles son verdes para su producción. Me voy a vivir a Málaga. Yo dirijo el montaje. Tras dos meses de ensayos estrenamos en el Teatro Echegaray el 8 de mayo de 2025. Estrenar un texto es la suma de infinitos milagros. Una poética manera, lo sé, de disfrazar la tragedia que supone esta certeza. Asun Ayllón, Federico Peralta y Ángela Vizán brillan y transforman el mismo dolor en una belleza nueva. Mi querida María Beltrán, ayudante de dirección, y el diseñador de iluminación Jorge Colomer y también Irene Palacio y Rodrigo de la Calva son cómplices y apoyo en el proceso. Gracias, desde aquí, por formar parte del milagro. Pero esto no acaba aquí. Nadie sabe lo que puede un texto. En octubre de 2024, el IATI Theater, un pequeño teatro de Nueva York situado en el East Village, ya había seleccionado aquí también los árboles son verdes para formar parte del proyecto Cimientos 2025: un proceso de mentoría capitaneado por Guillermo Severiche y Winston Estevez en el que, en esta edición, se trabajaron textos de dramaturgos y dramaturgas de México, Chile, Grecia, Estados Unidos, Canadá, Uganda y Bolivia durante tres meses, con reuniones online, a horas intempestivas.

Una lectura dramatizada sirve de colofón en el Festival Staged Readings Series. No me lo pienso. Tengo la excusa perfecta para ir a Nueva York. En junio de 2025 paseo con mis árboles por las calles de Manhattan.
 
Kill your darlings
 
Dicen que lo dijo mi amado Stephen King, aunque parece ser que antes ya lo dijo Faulkner. Probablemente, él también le robó la frase a otro. No importa. Lo hacemos todos. Robar, digo. De todas formas, es un buen consejo. Duele. Pero es un buen consejo. Matar a tus seres queridos no es otra cosa que eliminar de un texto las partes que amas. Las partes que, quizá, originaron la historia, pero que, con el avance de la escritura, entorpecen el resultado y la textura general de la pieza. Dirigir es escribir en la escena. Volver a escribir. Este texto surgió del dolor. De la intuición de que la única manera de mantenerse en pie ante la pérdida era escribir el proceso del duelo. Y de la firme voluntad de aflojar resistencias para vivir la muerte como parte de la vida. Aparte de ladrona, también soy ambiciosa. La experiencia del duelo es personal e intransferible. Y aunque nos vendan una taxonomía de sus etapas, la angustia viene y va. La aceptación, también. La versión del texto que publicó el IVC lanzaba al lector un duelo inacabado, una historia que acaba volviendo a empezar: una madre exhausta vuelve una y otra vez a la vida (y no dejará de volver hasta que su hija no acepte su partida). Sin embargo, la oportunidad de dirigir mi pieza, tres años después, me brindó la posibilidad de reflejar en escena un pequeño movimiento. Algo había cambiado. Había cambiado yo. Una también muere en el proceso. Hice todas las combinaciones posibles, insistí en llevar a escena el texto tal y como lo había concebido, pero no funcionaba. Me estaba resistiendo a aceptar que ese final ya no tenía sentido para mí. Ni para la historia que estaba contando. La causa del dolor siempre es la misma: resistirse a aceptar. Y un día arranqué una hoja. Confieso que grité. Sentí liberación. No me lo esperaba. Después aprendí a matar mejor. Sin aspavientos. Y el texto encogía, se volvía sintético. Esta réplica no encaja. No hace falta este monólogo. Y este tampoco. Fuera. El silencio es elocuente. El cuerpo habla. La luz también. Mejor no decir nada. Mejor no. No decir nada.
 
La versión que publica ahora Primer Acto tiene un final distinto. Un final en el que la historia sí se cierra, impidiendo que el bucle aterrador del eterno retorno frene el avance, la reparación, la entrega. Esta vez, la hija ya no espera ni se resiste. Simplemente, acepta. Acepta para continuar. Y se permite imaginar ese lugar para mantener viva otra pregunta. Una que sigue viva. Una que sí es eterna. ¿Allí también los árboles son verdes? Son verdes, ¿a que sí? Verdes como tus ojos verdes.