universo #19
A propósito del 90º aniversario
del «¡No pasarán!»
Compartimos aquí una de las "Travesías" del número 370 de Primer Acto, dedicadas a la resistencia y a la lucha contra los fascismos. En la suya, el dramaturgo Borja de Diego realiza un ejercicio de memoria para honrar a su tío Juan, combatiente antifascista, a través de su compromiso con los valores humanistas y republicanos. Dani Ramírez, primavera de 2026.
Seguimos rumiando esas palabras: “no pasarán”. Van a cumplirse 90 años desde que fueron un compromiso de sangre, una barricada frente al fascismo en aquellos tiempos en los que la libertad se defendía con la vida. Mi tío abuelo Juan de Diego Herranz, alistado nada más producirse el golpe, las hizo suyas con 21 años y nunca las soltó. No lo hizo cuando todo se dio por perdido, ni cuando la rendición le hizo cruzar la frontera y el Gobierno francés lo recluyó, como a tantos, en el campo de Argelès. Tampoco cuando lo reclutaron para la 103ª Compañía de Trabajadores Extranjeros, ni cuando se vio rodeado de ametralladoras alemanas, ni cuando cruzó el umbral del campo de concentración de Mauthausen y le adjudicaron su número de preso: 3156.
Intento imaginar al tío Juan durante aquellos cinco años que pasó en el campo, cuando las derrotas eran absolutas, las esperanzas, exiguas, y todo a su alrededor tenía forma de trinchera. Entre toda la documentación que atesora mi tío Enrique, papeles que conforman el rastro de una vida, encuentro la carta que le mandó desde Barcelona su padre, mi bisabuelo, mientras retenían a Juan en un stalag. Está fechada el 31 julio de 1940, una semana antes de que entrara en Mauthausen. Le dice: “Nos han dicho que no tienen nada, así es que tan pronto como pueda ser haremos las diligencias para que vengas, que estamos deseando verte aquí entre nosotros”.
Intento imaginar lo que debió de pensar el tío Juan leyendo aquello. Pienso en sus padres y en esas diligencias; en cómo se acude a la burocracia de la represión franquista para sacar a tu hijo –para ellos, un rojo, un criminal, un enemigo de la patria que no merecía ni la condición de español– de un campo de concentración nazi. Pienso en esa casa de la calle Lepanto y sus inquilinos, en cómo entre esas paredes las derrotas también eran absolutas; las victorias, pequeñas y amargas, y la trinchera la llevaban cosida por dentro. Hacía mucho que el enemigo había pasado y, sin embargo, no se rendían. Tal vez por eso, por tener esas palabras clavadas en las entrañas, siguieron sin soltarlas. Era su forma de luchar después de 1939: no ceder, aguardar, mantener algo vivo y oculto en el silencio compartido por quienes salvaron la vida tras la represión. Ese silencio doliente de dientes apretados, puños cerrados y uñas clavadas en la propia carne.
Tras su liberación, el tío Juan decía que les había salvado la solidaridad, el compañerismo, el hecho de que todos compartían la misma derrota. Eran combatientes contra el fascismo y no lo olvidaron. Con el uniforme militar o el pijama a rayas de los campos, no lo olvidaron. Los fascistas podían pasar sobre la defensa de Madrid, sobre los cuerpos de los atrincherados; podían encerrarlos en lo más parecido al infierno que ha conocido la Tierra, pero aún les quedaba algo por defender, en el exilio o en un campo de concentración: la dignidad humana.
Hoy, cuando el país que siempre se ha adjudicado el papel de defensor de la libertad presume de la fuerza como argumento, cuando líderes mundiales señalan su propia moral como límite de su poder, cuando el fascismo retumba en las encuestas, me acuerdo del tío Juan, de sus compañeros de presidio, de los defensores de la República y de tantas familias que perdieron la guerra sin lucharla. No cedieron a los peores tiempos y circunstancias posibles: apretaron los dientes, afilaron su silencio, rumiaron y rumiaron esas palabras que ya no podían ser compromiso de sangre ni barricada, pero tal vez un refugio.
Hoy nosotros, como ellos, no soltamos esas palabras. Las seguimos rumiando. Insistimos en que no pasen, aunque hayan pasado, aunque sigan pasando. Nos atrincheramos en esa lógica escurridiza del Antonio Machado de la derrota, el que huyendo a Barcelona y poco antes de su exilio definitivo, tal vez con la muerte empezando a aflorar en su interior, sugería que, quizás, humanamente, eran los vencidos quienes habían ganado la guerra. Como él, como ellos, seguimos teniendo algo que defender. Por mucho que nos ganen, y que nos quiten, sigue habiendo algo, quizás algo mínimo, simbólico: esa última línea que no debe cruzarse, por la que nadie debe pasar, si queremos seguir haciéndonos llamar humanos.